Lo silencioso vigila

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La prosa de Luis Alberto Crespo es fiel a su estilo poético, fiel a las licencias de sus versos, a sus agramaticalismos, a sus formas adverbiales capaces de sustantivarse, y a su metafísica del silencio, donde el decir trata de copiar al ser en su mínimo destello de trascendencia. Ocurre sin embargo que la prosa en que se narran, revividas por el verbo, su memoria y autoconciencia, tiende a la abundancia, y uno está tentado a decir, a lo barroco, por el despliegue al infinito de los motivos, por la complicidad recóndita de la metáfora. Valorar este contraste hace más preciosa la lectura de la presente autobiografía poética, memorias transversales de la experiencia y de la intuición intelectual de uno de nuestros más sólidos bardos, mirada vivencial sobre nuestra poesía y nuestros poetas del siglo XX y del XXI. Las hojas otoñales desprendidas del árbol del haikú se amontonan como hojarascas en el ancho patio de una casa imborrable. Mística de la finitud, huellas en el barro del que también está hecha la palabra, la poesía de Crespo alcanza a verse a aquí en su plena transcripción reflexiva: memorias, bocetos de crónicas, lecturas críticas, poemas entrañables, la vida en tanto hecha de una substancia poética; la aridez, el desierto, la negatividad como motor metafísico, eternidad evanescente, tiempo perdido y reencontrado, ese absoluto siempre fugitivo que es el preciso umbral del ser y la nada. Libro múltiple y total, híbrido entre el poemario y la novela, las confesiones y el ensayo, tramado por un sostenido monólogo interior y una temporalidad zigzagueante, en que se figura el poeta en el lugar y en el tiempo hechos destino, la poesía en sí y para sí, diría Hegel, la autoconciencia poética confesada y expuesta al aire vivo.

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